La imagen de chico perfecto, dueño de su carrera, que sabe gestionar como nadie el éxito y la fama como uno de los mayores iconos que ha dado el rock, no siempre ilustró al verdadero Bruce Springsteen. Hubo una época que El jefe tuvo que recurrir a un terapeuta para combatir sus profundas depresiones. Fue en 1982, y no fueron simples crisis pasajeras. Según ha revelado en un reportaje publicado en The New Yorker su amigo y biógrafo, Dave Marsh, Springsteen albergó tendencias suicidas en plena gestación de Nebraska, su disco más sombrío, una estampa acústica de la Norteamérica más desoladora y desgastada de los años de plomo de Richard Nixon y la crisis económica de los setenta.

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